Un Rey que Adorar

“Santificado sea tu nombre.”

Mateo 6:9

En la primera unidad tratamos de la posición del creyente en la oración. Pero nos referimos a la posición de la mente, no a la posición del cuerpo. En otras palabras, dijimos que usted tiene que saber quién es y a qué familia pertenece antes de poder adorar y orar correctamente.

En esta unidad trataremos de lo que es más importante en la adoración y oración; es decir, trataremos de las cosas que tienen prioridad. Hebreos 11:6 dice que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”

El “creer que Dios existe” tiene que ver con la adoración a Dios. “Los que le buscan” tiene que ver con las oraciones en que le pedimos algo a Dios. Primero debemos adorar. Después podremos pedir. Pero recuerde: Dios recompensa a los que le buscan, ¡no a los que buscan recompensas!

Por lo tanto, lo que tiene prioridad en la oración es la adoración. ¡Tenemos que buscar primeramente a Dios y su reino! Por eso en esta unidad trataremos de tres cosas que tienen prioridad en la oración que Jesús nos enseñó: “TU nombre”, “TU reino” y “TU voluntad”.

HONRANDO AL REY

Dios es no sólo nuestro Padre. Es también nuestro Rey, pues tiene un reino. Más adelante aprenderemos algo más sobre este reino.

Como hijos, llamamos Padre a Dios y le damos gracias por su amor y protección; como súbditos, lo llamamos Rey y lo obedecemos y adoramos.

Así pues, Dios es nuestro Padre a la vez que nuestro Rey, y nosotros somos sus hijos a la vez que sus súbditos. Lo peor que un súbdito puede hacer es no respetar ni obedecer a su Rey; lo mejor que puede hacer es amarlo y honrarlo. El amor y la honra a Dios se pueden demostrar por la obediencia y el servicio; pero eso no es suficiente.

Nosotros no somos simples siervos. No; somos hijos y súbditos. Nuestro Padre y Rey quiere más que nuestra obediencia y servicio. Quiere hablar y tener comunión con nosotros. Por eso es que el tiempo de adoración, ya sea ésta a solas o en público, es tan importante. Es posible que usted trabaje para una persona y tenga que obedecerla sin amarla. Pero no es posible que usted la adore a menos que la honre y la ame.

El objeto de nuestra alabanza

Dios quiere que nuestra adoración sea íntima y personal, esto es, quiere que le digamos que lo amamos. Asimismo quiere que nuestra adoración abunde en alabanza, es decir, quiere que lo honremos como Rey.

Algunos adoran imágenes sin vida. Otros adoran a los muertos. Y aún otros adoran la naturaleza. Pero ninguna de estas cosas tiene sentimientos; ninguna puede demostrarnos amor; ninguna puede contestar nuestras oraciones.

¿Y qué se puede decir de nosotros los creyentes? El que adoramos está vivo; el que adoramos es amoroso; el que adoramos se da a conocer para que vayamos a su presencia con cantos y alabanza. ¡El que adoramos es el Dios verdadero! No es sólo un dios. ¡Es el único Dios! ¡Fuera de El no hay otro!

El deber de nuestra alabanza

Puede que alguien diga: “Yo adoro a Dios; pero no creo que Jesús sea el Hijo de Dios.” ¡Imposible! Uno no puede adorar a Dios y a la vez rechazar a su Hijo.

En 1 Juan 3:22-23, Juan se refiere a Dios y dice: “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.” ¿Cómo pueden decir algunos que adoran a Dios pero no creen en su Hijo? ¿Cómo pueden adorar a Dios y a la vez desobedecerlo? El nos manda que creamos que Jesucristo es su Hijo. ¿Van a obedecerlo? ¿O van a seguir engañándose y creyendo que Dios les acepta su adoración mientras, por otra parte, rechazan a su Hijo?

Si hemos de adorar a Dios, debemos adorar también a su Hijo. Refiriéndose a Jesús, Filipenses 2:7-11 nos dice que El

“ . . . se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

Al oír el nombre de Jesús, ¡se doblará toda rodilla! Es nuestro privilegio ahora. ¡Después será el deber de todos los incrédulos! Dios le ha dado autoridad a su Hijo Jesús, quien reinará hasta que haya derrotado a todos sus enemigos. Entonces hasta sus enemigos doblarán la rodilla al oír su nombre. ¿Por qué no hacerlo voluntariamente ahora?

DESTRONANDO AL USURPADOR

Los instrumentos del usurpador

Si hemos de aprender a orar, es preciso que sepamos quién es el que reina en nuestro corazón. Si estamos llenos de orgullo, si tenemos más alto concepto de nosotros que el que debemos tener, si buscamos nuestra gloria, entonces Satanás ha logrado poner otra vez el “yo” en el trono de nuestro corazón.

Usted puede saber quién está en el trono del corazón de un hombre si observa qué cosas lo hacen molestarse y enojarse. ¿Se siente molesto cuando insultan el nombre de Dios? ¿Se enfada cuando la gente profana la casa de su Padre? ¿Reserva su enojo para los que lo insultan a El? ¿Se incomoda cuando no lo honran por lo que él cree que es? ¡Bienaventurado el hombre que deja que Dios reine en su corazón y que honra el nombre de su Rey!

Pero además del “yo,” hay otros instrumentos que Satanás pone en el trono del corazón del hombre. Uno de ellos, y muy molesto, se llama “servicio.” Es difícil reconocerlo, porque es fácil creer que Dios lo puso allí. Podemos afanarnos tanto haciendo cosas para Dios, que hacemos un dios del trabajo y hasta empezamos a adorarlo. Descuidamos la oración; n asistimos a la casa de Dios; no nos juntamos con otros creyentes; no honramos el nombre de Dios. ¡Estamos muy ocupados! Decimos que adoramos a Dios cuando trabajamos.

Somos como el hombre que porque tiene un buen empleo y sostiene a su familia, cree que es un buen marido con su esposa. Cuando esta esposa se queja de que su marido no le presta atención, él señala su trabajo y le dice que debería estar agradecida y satisfecha. Pero la esposa quiere más que pan en la mesa. Quiere el amor de su marido; quiere que él converse con ella; quiere que le participe lo que piensa y siente; quiere estar cerca de él y contarle lo que ha ocurrido en la familia; quiere contarle los pensamientos de su corazón.

Dios es así. Aprecia toda obra que hagamos para El; pero también quiere que pasemos un tiempo con El. Quiere que le participemos nuestros pensamientos; quiere disfrutar de nuestra presencia; quiere que lo adoremos y glorifiquemos su nombre.

En los días del profeta Malaquías los sacerdotes eran un buen ejemplo de lo que estamos diciendo. Escuche las palabras de Malaquías: “Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones . . “(Malaquías 2:1-2).

Los sacerdotes servían en los altares y cumplían con sus deberes; pero no lo hacían para glorificar el nombre de Dios. Lo hacían porque era su trabajo; una manera de ganarse la vida. Desde luego, esto afectaba a la forma en que hacían su trabajo. No les importaba la gente, sino sólo ellos mismos. ¡Si usted no adora con buenos motivos, tampoco hace bien su trabajo! Cuando en vez de Dios el trabajo se convierte en su rey, él mismo hace que usted no se interese por Dios, ni por su familia ni por otras personas. Pero cuando Dios está en el trono de su corazón, usted trabaja para su gloria y por lo tanto todo lo que hace, lo glorifica a El.

Hablemos ahora de otra cosa más que le quita su honra al nombre de Dios. Cuando nos convertimos en seguidores de los hombres, Satanás utiliza la adoración que les tributamos a esos hombres para echar a Dios del trono de nuestro corazón. La iglesia de Corinto tenía este problema. Algunos eran seguidores de Pablo. Otros, de Apolos. Y aún otros, de Pedro. De este modo los creyentes corintios permitían que hubiera una división entre ellos. Estaban poniendo a los hombres antes que a Dios en el trono de sus corazones. ¡Se interesaban más por los nombres de Pablo, Apolos y Pedro que por la gloria de Dios! ¡Qué vergüenza! ¡Qué terrible cosa es cuando los creyentes se ocupan más en honrar a los hombres que en honrar a Dios! Ahora bien, no había nada de malo en Pablo, Apolos ni Pedro. Todos ellos eran hombres que honraban a Dios. Lo malo estaba en la gente que los ponía en el trono de sus corazones y los honraba más que a Dios. ¡Pongamos de nuevo a Dios en el trono de nuestros corazones y adorémoslo!

La falacia del trono vacío

El diablo es engañador y rebelde. Era uno de los principales ángeles de Dios; pero su corazón se enalteció y se llenó de orgullo. Con el fin de apoderarse del trono de Dios, condujo una rebelión en el cielo. Muchos ángeles fueron engañados por él y lo siguieron. Lea en Ezequiel 28:1-17 lo que se dice acerca del rey de Tiro. Este pasaje describe la rebelión de Satanás. Dios echó del cielo a Satanás así como a los ángeles rebeldes que lo hablan seguido. Satanás fue arrojado a la tierra y desde entonces ha reinado aquí. Pero Dios hizo un plan que consiste en derrocar a Satanás para luego volver a poner el mundo bajo el control divino. Con este fin envió a Jesús, quien venció al pecado y la muerte y quebrantó el poder de Satanás. Al final, Dios destruirá a Satanás y reinará sobre el mundo.

Hebreos 2:14-15 es una clara descripción de lo que hizo Jesús para hacer posible el plan de Dios.

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.”

Satanás todavía gobierna este mundo, pero pronto su gobierno se acabará. Todavía se sienta en el trono del corazón de los incrédulos y los domina; pero Jesús volverá pronto, y cuando venga, gobernará al mundo y a todos los que están en él. Se terminarán por completo el poder y el dominio de Satanás. El poder de Satanás ya ha sido quebrantado para todos los que creen en Jesús. Satanás ya no puede dominarlos. Ya no se sienta en el trono de sus corazones. ¡El usurpador ya ha sido destronado del corazón del creyente! ¡Aleluya!

Satanás ha sido destronado del corazón del creyente. ¿Está vacío el trono? ¿No gobierna nadie al creyente? ¡Aquí hay una gran lección! No existe tal cosa como un trono vacío. O Dios está en el trono o lo ocupa el usurpador. Cuando un gobernante es derrocado, lo reemplaza otro. ¡En efecto, no es costumbre que los reyes dejen sus tronos, a menos que alguien los eche de allí!

Algunos creen que no tienen rey. Dicen que son amos de sus propias vidas y que nadie más los gobierna. ¡Qué equivocados están! ¡Cómo se engañan a sí mismos! Romanos 6:16 dice:

“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”

Nosotros somos esclavos del amo al que obedecemos. ¿Puede usted decir que vive sin pecado? ¿Puede decir que no obedece a los deseos egoístas de su corazón? ¿Puede decir que sus emociones no lo dominan?

Si estas cosas lo dominan o tienen poder en su vida, entonces usted no puede decir que es libre. Usted no es su propio amo. ¡Tiene un rey! Puede que no lo llame Satanás. Puede que lo llame “yo”; pero es Satanás el que puso el “yo” en su corazón. ¡Satanás lo gobierna por medio de su “yo”!

SANTIFICANDO EL NOMBRE DEL REY

SANTIFICANDO EL NOMBRE DEL REY

Mateo 6:9 dice: “Santificado sea tu nombre.” Pero ¿por qué este versículo habla del nombre de Dios más bien que de Dios mismo? ¿Por qué no dice: Santificado seas Tú? ¿Acaso un hombre no es más importante que su nombre? ¿Cómo puede ser importante un nombre?

Cuando un hombre firma o pone su nombre en un documento, está diciendo que está dispuesto a hacer lo que está escrito en dicho documento. Ahora bien, si se trata de un hombre pobre que acepta pagar una gran suma de dinero, diremos que él no está usando su nombre honradamente. Porque no es honrado firmar o poner el nombre en algo que no se puede hacer o cumplir.

¡Pero piense en lo que significa el nombre de Dios! Dios es todopoderoso. Sabe todas las cosas. Está en todas partes. Es el dueño de riquezas incalculables y no tiene necesidad de nada. Por lo tanto, si Dios pone su nombre en un escrito, usted puede estar seguro de que El puede hacer lo que dice que hará.

Si hemos de aprender a orar, debemos creer que Dios hará lo que ha prometido cuando pedimos en su nombre. Dios ha escrito muchas promesas en su Palabra. ¡Dudar de su Palabra es insultar su nombre! ¡Es como si El nos diera un cheque firmado con su nombre y nos negáramos a llevarlo al banco porque no creemos que tenga suficiente dinero allí para hacerlo efectivo!

Pablo dijo: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

Jesús dijo: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22).

Dios dice: “ . . . Yo soy Jehová tu sanador” (Exodo 15:26).

Creyente, hijo de Dios, cuando ore, llévele a Dios estas promesas que El firmó con su nombre. ¡Sin duda que le contestará!

Hay muchas otras promesas escritas en la Palabra de Dios. El las ha “firmado” todas. ¿Duda usted de ellas? ¿Duda de la verdad de la Palabra de Dios? ¿Puede dejar sus dudas ahora mismo y confiar en el nombre de Dios? Vaya a El en oración. ¡Vaya . . . en fe! ¡Vaya . . . en el nombre de Dios!

Por lo general estamos dispuestos a creer a los hombres. Confiamos en la palabra de doctores, predicadores, amigos, y hasta políticos; pero nos parece muy difícil creer a Dios. ¿Cómo podemos esperar que Dios conteste la oración si a los nombres de los hombres les damos más honra que al nombre de Dios? Cuando creemos las palabras de los hombres más que las promesas de Dios, es evidente que no sabemos orar. ¡No estamos confiando primeramente en las promesas que Dios ha hecho en su nombre!

La reputación del Rey

A name carries with it a man’s reputation. A name doesn’t make you what you are. What you are makes your name! So, if you are a dishonest man, you soon get a name for yourself.

Un nombre lleva consigo la reputación o fama de un hombre. Pero así como decimos que el hábito no hace al monje, así también podemos decir que el nombre no hace al hombre. Al contrario, ¡el hombre — es decir, lo que uno es — hace al nombre! Lo que usted es, pues, hace su nombre. Así que, si usted es un hombre poco honrado, pronto se hará un nombre, esto es, criará fama. La gente dirá: “No se puede confiar en ese hombre.” Usted será conocido como poco honrado. Ahora bien, puede que usted diga: “No me llamo Poco Honrado; me llamo Veraz.” Pero eso no tendrá importancia para los que lo conocen. ¡Para ellos su nombre es Poco Honrado! a causa de su manera de vivir. Como seguidores de Cristo debemos siempre esforzarnos por glorificar a Dios por medio de nuestra reputación.

La Biblia dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Exodo 20:7). Tomamos el nombre de Dios en vano cuando lo decimos descuidadamente o lo usamos sin glorificar a Dios. Tomamos el nombre de Dios en vano cuando tenemos tan poco respeto por El, que invocamos su nombre en momentos de disgusto o sorpresa. Si usamos el nombre de Dios tan sólo para recalcar nuestros sentimientos y no como un acto de adoración, estamos insultando su nombre. Y de esa manera no lo santificamos.

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